El secuestro de mi hermano

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De pronto escuché entre sueños la voz de mi madre, pensé que ya eran las 6 de la mañana y que se alistaba para ir a trabajar. Luego unos golpes tímidos en mi puerta me hicieron abrir los ojos. ¿Papá? – pregunte – me levanté de inmediato sin prender la luz. Con la puerta entre abierta y hablando bajito me dijo: – ¿tienes quinientos soles para que me prestes? – Su pregunta desencajo mi cara; por un momento pensé que se iba a pasar una consulta a ESSALUD, como solía hacerlo hasta hace unos meses atrás y que posiblemente debía pagar algún costoso examen.

No – le respondí – sin embargo me volvió a preguntar: – ¿no tienes nada? – No, nada de efectivo solo mi tarjeta – le respondí, mientras sostenía mi billetera en la mano – Fue en ese instante donde me dice – ¡han secuestrado a tu hermano! – Una vez más mi cara volvió a cambiar. La noticia lejos de alarmarme me hizo desconfiar su veracidad. No porque crea que mi papa estaba mintiendo, sino por el hecho en sí.

Mientras mi Papá me contaba que mi hermano le pedía ayuda entre llantos y que sus secuestradores exigían dinero a cambio de su libertad o de lo contrario le matarían. Yo pensaba en lo extraño de todo, pues mi papá me dio la primera pista – ¡No lo llames!, sentenció – Los hombres me han dicho que no lo llames, ellos están hablando por celular con tu hermana.

Inmediatamente recordé que en los noticiarios de radio y televisión ya existían denuncias de llamadas telefónicas y de supuestos de familiares detenidos en las comisarías y toda una tragedia que es preciso solucionar antes de que llegué algún militar con alto rango o un fiscal que podría ordenar su inmediato encierro.

Eso no es verdad – le dije – te están mintiendo, todo es una mentira para sacarnos plata – le reafirmé – pero él no quiso escucharme. Salí de mi habitación y mi mamá con mucha angustia se acerca a decirme lo mismo. Una vez más y delante de mi padre le digo que todo es una mentira. Que no crean nada de esto. Pero imagino que ellos como padres lo único que querían era ayudar a mi hermano siguiendo al pie de la letra las ordenes que les dictaban desde el otro lado del celular.

No importaba cuanto yo les decía que reaccionen, ellos seguían empecinados en creer lo que estos desagraciados les decían. – Yo he hablado con tu hermano y está llorando – sostenía mi mamá. He aquí la segunda pista. Mamá, la persona con la que has hablado no es mi hermano, es cualquiera, que lo único que hace es confundirte con su llanto para que no reconozcas la voz. Así tú crees que es él.

Nada pudo hacerles entrar en razón. Me acerqué a la habitación de mi hermana y ella sostenía el celular, prestando atención a los que en teoría, policías, le decían. Parados los cuatro en el pasillo, fuera de nuestros respectivos dormitorios, mirándole a los ojos a mi hermana le hice la seña de que esto no es cierto, y afortunadamente ella asintió con su cabeza sin dejar de prestar atención a los ahora ya convertidos en secuestradores. Quienes también le pedían dinero.

Bajamos las escaleras y mis padres, acompañados de mi hermana se disponían ya a ir al cajero a retirar el dinero. Una vez más insistí en que no vayan. Le pedí a mi madre que me de 25 minutos y le demostraría que todo es falso y que mi hermano de seguro estaría en su cama durmiendo.

Entré al escritorio y prendí la compu para ubicar números y posibles contactos de mi hermano y su trabajo para que me confirmen que él está con ellos. Eran las 2.15 de la mañana y mientras la PC se encendía las puertas de entrada a mi casa se cerraron. Sentado frente al monitor, buscando en mi lista de contactos, entre tarjetas personales, en mi billetera y celular, algún número que me acerque a comprobar que mi hermano realmente está bien, empecé a temblar, a ponerme nervioso. Pues mis papas, personas mayores y mi hermana yacían fuera de casa, solos, en un taxi, dirigiéndose a cometer un gran error. Ya no era solo mi hermano en problemas sino también ellos.

Nunca encontré un número que me pueda resolver el problema, ni llamé a nadie más para no hacer más grande esta angustia. De pronto recordé la primera advertencia de los secuestradores: – No lo llamen – Marqué el número de mi hermano – primera timbrada, segunda timbrada… tercera timbrada – Y una voz somnolienta me dijo “Hola Fasa”. La calma volvió a mí. Le hable calmado, le pregunte si estaba durmiendo en su cama, si estaba bien, si se siente bien, y una vez que todas sus respuestas fueron positivas, procedí a contarle, siempre con mucha calma, lo sucedido.

Le pedí que llamara a mis viejos y les diga, él mismo, que está bien y que regresen a casa. Al cabo de 15 o 20 minutos y luego de confirmar con mi mamá que Jorge, mi hermano, el verdadero ya se había comunicado con ella. Los tres llegaron a casa sanos y salvos, pero mortificados por lo sucedidomortificados.

Fasalá

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