La vieja escuela

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Foto: photos.com

Hace casi tres años, me encontraba en la playa junto a Karen, una compañera de la universidad, y dos conocidos de ella, un par de viajeros, clowns, para ser más exacto, quienes venían recorriendo Latinoamérica, bajo el lema, siempre por la izquierda, tenían una camiseta, remera de color rojo con la silueta del mapa de América del Sur, que un familiar de Nahuel, el clown argentino, le había regalado y que con aguja e hilo le había bordado su primer recorrido, de Buenos Aires a Santiago de Chile, y que en adelante le correspondería seguir dando puntadas conforme avanzara por su travesía suramericana.

Sentados en las arenas de Huanchaco, entre las numerosas anécdotas que compartimos recordé mis días de infancia, mi primer día en el colegio Beato Marcelino “Champagnat”, un colegio estatal de nivel primario en Cajamarca, donde derramé mis primeras lágrimas, el llanto y la desesperación por no soltar la mano de mi papá que se veía obligado a salir mientras el gigantesco portón metálico color acero se cerraba para dejarme ahí, en medio del gentío, turbado por el llanto de otros niños, que como yo, se separaban de sus padres.

Como toda escuela estatal de los años 80 ese colegio era inmenso, sus grandes lozas deportivas, sus sólidas columnas, el color verde con el que estaba pintado, los salones con carpetas dobles donde estudiaban más de 40 niños por aula, las pizarras de cemento color verde, a veces negras, las motas y las tóxicas tizas cuyo polvillo se impregnaba en las manos del profesor como talco o le causaba estornudo; y cómo olvidar, el pan con queso, la palmeta de sólida madera de unos 30 cm de largo con agujeros en el extremo para acentuar el dolor en las palmas de sus pupilos que, todo profesor que se respete debía exhibir a los estudiantes para infligir castigo, por un acto de desobediencia, desorden, una tarea no realizada o para recibir el equivalente número de palmetazos de acuerdo a la nota desaprobatoria que tenías o en su defecto, los puntos que necesitabas para aprobar.

Un entorno hostil, para quien fue criado en una familia conservadora, para alguien que no tuvo la oportunidad de jugar en la calle con otros niños, para alguien que creció jugando con sus hermanas a la casita, las muñecas, yaces, etc.

La mañana se me hacía eterna, y caminaba desorientado por todo el colegio, mirando los grandes árboles, caminado por el canchón de arena, tan grande como la cancha de fútbol reglamentaria, paseando por los pasillos de La Normal, institución donde los futuros profesores del magisterio, acudían a estudiar.

Mi escuela y La Normal compartían el mismo espacio geográfico y el espacio físico para el uso de las canchas deportivas a través de grandes portones de acceso que, en ocasiones estaban abiertas y por donde solíamos infiltrarnos para jugar.

Así deambulé por el colegio hasta que llegué donde unos niños jugaban canicas, chanitos, decía mi papá, yo simplemente estuve parado, observando sin decir una sola palabra, me acerqué para mirar más detenidamente para saber de que trataba ese juego, y sin más, uno de ellos se levanta y me pega una trompada, sin razón alguna.

Luego del destello del golpe, vino el llanto, las lágrimas y la sangre que brotaba por mi nariz, fue la primera vez que recibí un golpe de un desconocido en la cara y la primera vez que veía sangre, mi sangre. Recuerdo que una mujer, una señorita apareció de la nada y me auxilio, regaño al malandrín, y me llevó con la cabeza mirando al cielo para evitar que la sangre siga saliendo. En una oficina cerca de la dirección me curó y me dejó.

No la volví a ver o nunca recordé su cara; ese fue mi primer día de clases, mis primeras impresiones y mi bienvenida al mundo real. Con 5 años y habiendo crecido en un hogar donde las formas y los modales eran prioridad me di con la ingrata sorpresa de que tendría problemas para sobre llevar mis días en el colegio Champagnat. Y así fue.

Mi cobardía para poder defenderme me convirtió en un niño tímido, asustadizo incapaz de responder a cualquier acto de violencia contra mí. En el 1er grado C llegamos a ser sesenta alumnos y nos sentaron de a tres, para mi mala suerte compartí la carpeta con Joselito a mi izquierda y a mi derecha Escalante, por supuesto yo al medio. Y cada día era víctima de alguna agresión, me rompían los lápices, rompían mis hojas del cuaderno, me quitaban mi borrador etc. y no podía hacer más que callar, además ellos eran mucho más grandes que yo y de seguro jugaban en la calle.

Pero al llegar a casa mi madre siempre veía que algo me faltaba o que yo estaba abollado, al punto que cuando ella me preguntaba – quién te ha hecho ésto – yo respondía – mi amiguito me ha pegado -. – ¡Cojudo de mierda, si te pega no es tu amiguito! – fueron las palabras que nunca olvidaré de mi madre. Fue el día en que al bajar de la movilidad escolar recibí un corte en la nariz con la mochila de Carlos Quiróz. Por su puesto mi madre hizo el ademán de golpearme por el hijo tan bobo que le había tocado y yo podía entender su indignación, pues estaba avergonzado de no saber cómo defenderme.

Mi mamá decidió tomar cartas en el asunto, ya estaba en 3ro de primaria y mi situación no había cambiado, habló con mi papá para que como hombre, me enseñe a pelear, pero con la sinceridad del caso, mi papá no es el hombre que acostumbra liarse a golpes por la calle, hizo el intento de enseñarme a boxear, sin que ambos supiéramos como se hace.

Pero mi madre, una mamá gallina, fue más allá, buscó en la escuela a mi profesor, el profesor Barboza y le expuso cual era mi situación y sin que yo supiera nada le pidió, que de alguna manera yo aprenda a defenderme, a pelear, a usar los puños, y así fue. Caminando por el patio otro chico de apellido Arana, de igual contextura y de cabello negro rizado de la sección B, salió a mi encuentro para buscar pelea, fue justo al borde de una gran rampa que llevaba a la cancha de arena.

Nos agarramos a golpes, forcejeamos, rodamos por el piso, los botones saltaron de la camisa y otros estudiantes hacían barra, hasta que alguien nos separó, no sé si fue el mismo profesor Barboza, pero lo bueno es que no fui castigado, fui felicitado, y el profesor llamó a mi madre para felicitarle y contarle con mucha emoción que yo me había defendido, y que había respondido  al ataque.

Desde aquel día y con cierta frecuencia, puse en su lugar a más de uno, a Palacios, a Pinta, a Quiróz, al chico de Luz y Sombra, a Alva, incluso a Morales, el patán que me pegó el puñetazo el primer día de clases y a quién le reventé el labio. Y así me gané el respeto de todos, de los más fuertes y los más vagos.

Al día de hoy me parece una medida extrema, inteligente y con muy buen resultado, sin embargo no puedo olvidar la cara de sorpresa de Karen, Nahuel y el Chileno, quienes pensaban que esta historia era una tomadura de pelo, pues visto desde afuera nadie se podría imaginar a mi madre o a ninguna madre, haciendo las veces de Kike Pérez*, organizando peleas en detrimento de su propio hijo. A mi juicio hizo lo correcto, gracias mi señora.

Fasalá

* Famoso comentarista y organizador de peleas de box peruano.

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